Historias olímpicas: La leyenda de Michael Phelps, el Tiburón de Baltimore

Este texto forma parte del libro «50 Grandes Momentos de los Juegos Olímpicos«, publicado en 2012 por Ediciones Al Arco, y auspiciado y repartido de manera gratuita por el Ministerio de Educación de la Nación en las escuelas primarias públicas. También podés leerlo online haciendo clic aquí.

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En los primeros años del siglo XXI, más precisamente durante los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, hubo un deportista que decidió que era tiempo de romper todos los libros de récords y reescribirlos.

Quienes tuvieron la suerte de ser contemporáneos a este superhombre se encargaron de traspasar, generación a generación, su historia, para que su legado siguiera vigente por los siglos de los siglos.

Su nombre era Michael Phelps y aquellos que pudieron verlo de cerca, describieron a través de textos que sus 193 centímetros de altura parecían el doble, y que su espalda tenía el mismo ancho que un piano. Le decían «El Tiburón de Baltimore«.

Los historiadores del deporte detallan que sus desafiantes 23 años lo empujaron a faltarle el respeto a una eminencia de la natación: su legendario compatriota Mark Spitz, ganador de imposibles siete medallas de oro muchísimo tiempo atrás. En el siglo anterior. Nadie había podido superarlo. Aquello había sido único.

Según los libros, la epopeya de Phelps comenzó el 10 de agosto de 2008, cuando en la prueba de los 400 metros medley, el estadounidense se colgó su primera medalla dorada, con un nuevo y sorprendente récord mundial (4m03s84/100). Casi un segundo y medio más bajo que la marca batida.

Al día siguiente fue el turno de la posta: 4×100 metros libre. Dicen que fue una carrera antológica, con cinco de los ocho países nadando por debajo del récord mundial. Pero fue Phelps, quién otro, el que revirtió la tendencia y condujo a su equipo al oro.

Menos de 24 horas después, el batallador también arrasó en los 200 metros libre, y terminó más de dos segundos por debajo del récord mundial. Tres días, tres finales, tres oros y tres récords del mundo.

La hazaña del 13 de agosto fue monstruosa. En los 200 metros mariposa se dio algo insólito y humillante. En el medio de la competencia tuvo un inconveniente con las antiparras, que lo obligó a “nadar a ciegas” media carrera. De todas formas arrasó. Con récord mundial, claro.

Solo una hora después, el Tiburón de Baltimore sacó fuerzas de vaya a saber uno dónde, para colgarse otro oro olímpico, el sexto de la cosecha, en los relevos 4×200 metros libre, por supuesto con otra plusmarca mundial (6m58s56/100).

El 15 de agosto, y luego de un día de descanso (al menos de finales, porque igual tuvo que competir en las  clasificaciones de las siguientes disciplinas), Phelps volvió a zambullirse. Tenía enfrente a un gran contrincante: su compatriota y amigo Ryan Lochte, pero este estaba exhausto porque acababa de ganar en los 200 espalda, y no fue rival. Ganar dos medallas doradas el mismo día no es para cualquiera…

Así las cosas, en los 100 metros mariposa tenía ante sí la gran posibilidad de igualar a Spitz, de cumplir con su palabra, de callar a los que lo habían tildado de “mocoso insolente”. Fue el 16 de agosto. Y fue épica, y emotiva, y peleadísima y con un final electrizante. Cuando promediaba la carrera, Phelps perdía con Mirolad Cavic.

Pero dicen que de sus tobillos nacieron alas, que lo ayudaron a elevarse mínimamente de la superficie y volar en el agua. Sus brazos se movieron más rápido que nunca, a un ritmo arrollador. Tocó la pared y frenó el cronómetro en 50s58/100. El serbio hizo solo una centésima más (50s59/100). Le ganó con las uñas.

Parecía todo concluido. Pero había más. El 17 de agosto de 2008, en un extraordinario natatorio chino que
fue bautizado como El Cubo de Agua, por su perfección arquitectónica interior y, por sobre todas las cosas, exterior, Michael Phelps tuvo una cita con la gloria. Y no faltó.

El guerrero se vistió por última vez con su diminuto traje de baño. Su escudo era su propio cuerpo. Y su gorra, su casco. Le tocó cerrar la posta 4×100 medley y, como en tantas otras ocasiones, aclaró una victoria estadounidense que hasta allí no parecía definida, por la enorme paridad de la competencia. Decir a esta altura que también fue récord mundial sería una obviedad.

El legendario Michael Phelps celebró con sus compañeros y se sacó todas las fotos habidas y por haber, con sus ocho medallas doradas colgadas de su cuello. Nunca antes nadie había logrado tanto. Nunca nadie lo logró después: ocho doradas en un mismo Juego; dieciséis medallas olímpicas (catorce de oro y dos de bronce) en total.

Su nombre apareció de allí en más en todas las listas de récords olímpicos, que debieron reescribirse por su culpa.

Años más tarde, dicen que fue por más en los Juegos de Londres 2012.

Pero eso forma parte de otro capítulo de la historia…

Pablo Lisotto

Nació en la Argentina en 1975. Es Licenciado en Periodismo (TEA 1998). En marzo de 2006 creó www.damepelota.com.ar, por el cual recibió diferentes premios y reconocimientos (por ejemplo, fue invitado a los Juegos Olímpicos de Londres 2012). Actualmente cubre la actualidad de Boca Juniors para la sección Deportes del diario LA NACIÓN. Escribió seis libros: "50 Grandes Momentos de los Juegos Olímpicos", "50 Glorias del deporte olímpico", "50 Grandes Momentos de los Mundiales de fútbol" y "50 Grandes Momentos de la Copa América" (Al Arco, 2012, 2014 y 2015. Se pueden leer gratis en este sitio) y "Hazañas y Leyendas de los Mundiales" (Atlántida, 2014) y "Hazañas y Leyendas de los Juegos Olímpicos" (Atlántida, 2016). A fines de 2012 recibió una Mención Especial de ADEPA, en la categoría Deportes. Es especialista en Olimpismo y en Mundiales de Fútbol.

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