Mark Spitz
Mark Spitz nació en 1950 en la ciudad de Modesto, California. Sin embargo, esa cualidad fue la que menos explotó: a lo largo de su carrera deportiva no dejó pasar ninguna ocasión en la cual pudiera demostrar sus dotes de fanfarrón y engreído.
Claro que a Mark le sobraba currícula para mandarse la parte y creerse «el más grande». En los Juegos Olímpicos de México ´68, tras ganar cuatro medallas (dos de oro en los relevos 4 x 100 y 4 x 200 metros libres, plata en los 100 metros mariposa y bronce en los 100 metros libres) dijo: «En Múnich ganaré siete medallas de oro».
Y así ocurrió. En Munich ´72 empezó con su máquina de batir récords. A pesar de sus nervios, el primer día ganó los 200 metros mariposa con nuevo récord mundial (2’00»70). En la misma fecha consiguió otra plusmarca mundial en los 4 x 100 metros libres (3’28»8). Al día siguiente, venció en los 200 metros libres en 1’52»78 (tercer récord mundial).
No contento con lo que había realizado, al cuarto día arrasó en los 100 metros mariposa (54»27). Una hora más tarde, ganó su quinto oro y batió su quinta plusmarca mundial (7’35»78) en el relevo 4 x 200 metros libres. Y al quinto día se enfrentó con la posibilidad de superar a Don Schollander, que había conseguido cinco medallas de oro en Tokio ´64. Y lo logró al ganar los 100 metros libres en 51»22, también con nuevo récord mundial.
Para finalizar su hazaña, Spitz participó en los relevos 4 x 100 metros estilos, nadó la posta de mariposa y compensó la increíble ventaja que había obtenido el equipo de Alemania Oriental en la primera posta, donde había batido el récord del mundo de 100 metros espalda. El combinado estadounidense ganó con un tiempo de 3’48»66, superando por 4 segundos a los germanos.
Spitz cumplió lo prometido con su figura de hombre-pez. Tenía los hombros completamente achatados por el roce del agua en sus millares de horas de entrenamiento, pero bien valía la pena tanto esfuerzo. Al poco tiempo se retiró de la natación, dejó su profesión de dentista y se dedicó a vivir de las rentas de su triunfo.
Su propia fanfarronería le jugó una merecida mala pasada y en los entrenamientos previos a los Juegos de Barcelona ´92 protagonizó, con 40 años, un patético intento de regresar a la alta competición. Sin embargo, esa última imagen no permitió opacar la terrible hazaña que había logrado casi 20 años antes, al llevarse colgadas de su cuello nada más y nada menos que las siete medallas de oro que había pronosticado que iba a ganar.

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