Barrilete cósmico

Me parece mentira escribir que este jueves se cumplen 20 años del gol de Diego a los ingleses, es decir, EL DÍA DEL GOL.

Parece que fue ayer que lo grité con toda mi alma. Cierro los ojos y me veo en el living de mi casa, abrazándome con mi viejo, casi sin poder creer que lo que habíamos visto había pasado de verdad.

Seguramente, cada uno de ustedes tiene una historia relacionada con ese gol y me encantaría que la cuenten aquí, en los comentarios de este post.

Sin embargo, y sin ánimo de ofenderlos, creo que va a ser muy difícil que alguno de sus relatos me emocione más que el de Eduardo Sacheri, que lo describió de manera brillante en su cuento: «Me van a tener que disculpar«.

Si es que prefieren y tienen la posibilidad de hacerlo, les recomiendo que escuchen aquí el relato de este cuento en la voz del periodista Alejandro Apo, que abre su locución con el primer gol de Diego -el de la mano de Dios, que sólo Víctor Hugo lo ve en directo. Presten atención al audio- y cierra con el segundo, también en la voz de Víctor Hugo, en el que para mí es el relato más emotivo y escalofriante que escuché en mi vida.

Tal vez escuchándolo puedan emocionarse aún más que leyéndolo. Por las dudas, también les transcribo el cuento a continuación, que es imperdible. Que lo disfruten.

Me van a tener que disculpar (de Eduardo Sacheri)

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.

Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.

Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de Y, no sé, habría que pensarlo; o tal vez arriesgo un vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta;. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos.

Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.

Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta.

Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”.

Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y, aunque sea, les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.
Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero van sintiendo un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos, todos los que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por dejar que los ingleses tuvieran todavía los otros días de su vida para tratar de olvidarse de ese, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida.

Pablo Lisotto

Nació en la Argentina en 1975. Es Licenciado en Periodismo (TEA 1998). En marzo de 2006 creó www.damepelota.com.ar, por el cual recibió diferentes premios y reconocimientos (por ejemplo, fue invitado a los Juegos Olímpicos de Londres 2012). Actualmente cubre la actualidad de Boca Juniors para la sección Deportes del diario LA NACIÓN. Escribió seis libros: "50 Grandes Momentos de los Juegos Olímpicos", "50 Glorias del deporte olímpico", "50 Grandes Momentos de los Mundiales de fútbol" y "50 Grandes Momentos de la Copa América" (Al Arco, 2012, 2014 y 2015. Se pueden leer gratis en este sitio) y "Hazañas y Leyendas de los Mundiales" (Atlántida, 2014) y "Hazañas y Leyendas de los Juegos Olímpicos" (Atlántida, 2016). A fines de 2012 recibió una Mención Especial de ADEPA, en la categoría Deportes. Es especialista en Olimpismo y en Mundiales de Fútbol.

15 comentarios en «Barrilete cósmico»

  • el 17 enero, 2008 a las 23:25
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    Gracias maestro!! Gracias por esta iniciativa y Gracias a Eduardo sacheri por esas maravillosas lineas…
    Debo confesar que tengo 22 años y cuando esto sucedio tenia apenas 11 meses. Pero voy a agradecer toda mi vida a mi viejo que desde chico siempre me lo conto como una anecdota propia, como algo que le habia sucedido… siempre me cuenta que ese glorioso dia estaba toda la flia reunida en el campo de mi tio, todos, incluido yo con 11 meses sentado en el cochecito. Mi viejo siempre dice que cuando Diego agarro la pelota el empezo a sentir una sensacion extraña, y a sentir en lo mas profundo que algo muy importante iba a suceder, y asi fue, termino en el gol mas maravilloso en la historia del futbol. Cuentan todos que el momento del gol fue todo fiesta, descontrol, algarabia, gritos, corridas, abrazos… y yo, habia quedado frente al tele (blanco y negro, por cierto) solo, llorando a gritos, pero estoy seguro que no fue un llanto de susto (aunque mi vieja dice que si), fue llanto de emocion, de alegria. Aunque un poco de razon tiene mi vieja, saben porque?? porque creo que ese llanto tiene un poco de tristeza, la tristeza de no tener uso de razon en ese momento como para vivirlo como los mas grandes, de vivirlo con esa emocion.
    Aunque ahora les aseguro que no puedo dejar de emocionarme cada vez que lo veo, cada vez que escucho ese relato incomparable con nada del uruguayo mas ARGENTINO DEL MUNDO!!
    Y como bien dice la carta de Eduardo, me van a tener que disculpar, pero jamas voy a sentirme arrepentido de lo que sucedio esa tarde…

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  • el 27 septiembre, 2007 a las 12:20
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    He encontrado este comentario sobre el gol de Diego de pura «chiripa», como suele suceder con frecuencia en Internet.

    Soy un viejo (en todos los sentidos) amante del fútbol y fanático de nada.

    He tenido la oportunidad de asistir a varias anécdotas relacionadas con el gol de Maradona, a través de los años.

    Debo aclarar que, aunque hay casos en los que entiendo que la gente discuta sobre «quien fue mejor», como sucede con Pelé y «Don Alfredo» como le llaman los del Real Madrid, en lo que respecta a Maradona, no veo que tuviera nivel para compararlo con estos otros fenómenos, a pesara de que era sin duda un «fuera de serie».

    No entraré en detalles porque no es el tema pero, sí debo dejar sentado, que tuve la suerte de verle jugar, y también a Pelé, a Garrincha, a Eusebio y otros fenómenos de los que nadie habla y sé muy bien cómo eran cada uno de ellos y en qué se diferenciaban.

    Lo que os comentaré sobre el gol de Diego es en realidad sobre el relato de dicho gol.

    Es un relato sin duda excepcional. Pero lo es por su enorme carga emocional. Por la capacidad de trasmitir esas emociones.

    Os puedo decir que he visto a mujeres que ni siquiera entienden de fútbol, mujeres que tienen más bien un cierto rechazo sobre todo lo que éste representa, que han lagrimeado y bien, escuchando dicho relato.

    Pero la vez que más me impresionó, fue un medio día, al ver en Televisión Española, en medio de las noticias, cuando una locutora, que no era la encargada de la sección de deportes, hace mención al aniversario del gol, da paso a el video de la famosa jugada, acompañado por el no menos famoso relato de H. Morales y, al volver la cámara a ella, la encontramos visiblemente emocionada, con los ojos humedecidos y la voz entrecortada.

    Ese día tuve noción real de la medida de la carga emocional que el relato de Morales fue capaz de trasmitir.

    He escuchado ese relato una y otra vez. Puede verse que, como relato de una jugada es, realmente, muy pobre, deja mucho que desear. Realmente no describe lo que sucede en el campo. Un Heber Pinto hubiera hecho «virguerías» con ese relato. Pero Hugo relató lo que él sentía, nó lo que estaba sucediendo, y lo hizo con tal autenticidad que ha pasado a la historia.

    Tengo grabado el video y también el de Messi. Los he comparado un montón de veces. El de Messi es aún mejor que el de Diego, más difícil y con más dificultades (caño en el arranque, etc.) pero Diego se lo hizo a los jugadores de la Selección de Inglaterra en un Mundial, y eso señores, «es un nivel».

    Un abrazo a todos.

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  • el 21 julio, 2007 a las 21:58
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    …saben donde se puede encontrar relatos de Alejandro Apo para bajr!!! GRACIAS!!!!

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  • Pingback: Gol « Dame Pelota

  • el 19 febrero, 2007 a las 21:51
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    primero gracias todavia me parece increible volver a escuchar aquello 2 goles que nos regalos este genio y maestro yo me acyerdo que era un pibe cuando se jugo aquel partido y las aslegria de todo un pueblo gritando aquella maravillas todavia se me caen las lagrimas recordando esos dos goles y escucharlo a victor hugo mas emoccion le da bueno un abraso grande gracias diego

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  • el 3 julio, 2006 a las 14:52
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    Tenés razon Pablito, pero tampoco te pongas así, yo también me emociono cada vez que veo una enfermera de la Cruz Roja, o una botella de AYUDIN, hasta me pongo melancólico cada vez que me pongo a pensar en la famosa frase del filósofo «la pelota no se marrrrcha» como diría Gardel. Que Grande!, «Nostalgias de sentir junto a mi boca..»..Lara lara…Un saludo grande a Sinagra, a ese también lo ha llenado de emoción.Bergotita

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  • el 27 junio, 2006 a las 19:06
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    Muchachos:
    La idea de este blog es opinar, confrontar ideas y discutir, pero siempre con respeto.
    A mí me gusta leer opiniones similares a la mía, y también las que no son similares a la mía. Pero en estas últimas, me gusta saber por qué el que escribe opina distinto que yo. Me interesa leer sus fundamentos porque considero que así uno aprende más y es una manera de ser más tolerante.
    Si a mí me emociona algo, no creo que sea motivo para que me bardeen.
    Tito, cc, anónimo (o Bergotita Chupadita) hagan lo que quieran en este blog, pero mantengan el respeto. Bardeensé, jodansé y, si es necesario, puteensé. Pero siempre con altura.

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  • el 26 junio, 2006 a las 13:07
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    20 años no es nada!, cada día canta mejor! te acordás hermano que tiempo aquellos! del barrio la bondiola sos el más rana!
    Ya salió en CD esterofónico el relato del uruguayo, con los comentarios de Apo y Valdano, no se lo pierda!junto a ello como obsequio un disco de Leo Dan, con el famoso tema «Santiago Querido», a los primeros diez compradores se les regala una foto autografiada de Tito Lusiardo. LLAME YA! Anónimo Q.

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  • el 26 junio, 2006 a las 10:36
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    cc, el progre melancólico y aburrido sos vos, que te sensibilizas con algo que pasó hace veinte años!. No leas tanto,largá la manuela, dedicate al sexo aunque sea invertido.

    Tito, mi nombre es Bergotita Chupadita. Chau Tito, que lindo apodo el tuyo, huele a taller de barrio. Saludos a la vieja, pobre vieja, lava toda la semana, jaja. Son un tango viviente. No se olviden de ir al aniversario de la muerte de TITA Merello.

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  • el 23 junio, 2006 a las 15:58
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    Con respecto al último comentario de «el usuario anónimo»: Nunca falta el progre intelectualoide de turno ansioso por mostrarle a todo el mundo que él «está por encima de todas esas cosas». Pobrecitos resentidos.

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  • el 23 junio, 2006 a las 13:09
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    Loco paren un poco, porque no hacen un tango también. Parecen Racing con Cárdenas. No hay duda la Argentina tiene lo que se merece.No se olviden de De La Rua!Anónimo K.

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  • el 23 junio, 2006 a las 12:30
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    Mauricio:
    Te confieso que te escribo con la piel de gallina.
    En mi post había puesto que difícilmente algún relato de ese día me emocione como escucharlo a Apo contando el cuento de Sacheri y, como postre, escuchar el relato de Víctor Hugo. Sin embargo, vos lo hiciste.
    Muchísimas gracias por contarme esta historia tan personal y tan mágica.
    Como agradecimiento te copio un par de frases de Valdano del Clarín de ayer, acerca de ese gol de Diego:
    «Todo mi mérito para escribir esta columna consiste en que ese día, a esa hora, yo pasaba por ahí».

    «Recibió una pelota incomodísima en el medio del campo, y de espaldas a la portería. Giró, arrancó y se metió en un montón de líos de los que fue saliendo perfectamente. Yo venía acompañando a la altura del segundo palo, como si fuera un travelling de televisión. Diego asegura que intentó pasarme la pelota varias veces, pero siempre encontraba un obstáculo que lo obligaba a cambiar de idea. Menos mal. Yo estaba deslumbrado y creía imposible (aún me lo parece) que en medio de todos esos problemas hubiera pensado en mi. Si me hubiera pasado la pelota como, según parece, estaba establecido en el Plan A, yo la hubiese agarrado con la mano y aplaudido. ¿Se imaginan? Pero no nos engañemos, estoy convencido de que Diego nunca estuvo dispuesto a soltar ese balón. A lo largo de esos diez segundos y diez toques, cambió de idea cientos de veces porque así es como funciona la cabeza de un genio en acción».

    «Lo que Maradona estaba haciendo era materializar el sueño futbolístico de los argentinos, que amamos la pelota más que el juego y, que por esa razón, la gambeta vale más que el pase. Cuando la pelota entró en el arco supe, al instante, que estábamos en el momento de una gran celebración: Maradona acababa de ponerse la corona de Pelé. Consciente del tiempo histórico que estaba viviendo, hice algo que la humanidad todavía no reconoció. Yo, señoras y señores, saqué del arco la pelota que Maradona había metido».

    Minotauro: gracias por tu aporte también.

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  • el 21 junio, 2006 a las 22:53
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    Hola te felicito por la iniciativa. En primer lugar los invito a visitar mi blog en http://diegomaradonamiilusion.blogspot.com/ donde espero poder compartir con mucha gente la ilusión de ver algún día a Diego, como cuento en mi espacio, para saludarlo, conocerlo o simplemente admirarlo, por su enorme e inolvidable aporte al Arte Universal a través del Fútbol.
    Con respecto a tu propuesta, la verdad genial todo, los audios, el texto del cuento y más que ello, el espíritu del mismo, donde de alguna manera resumen las mil y unas situaciones que nos generó el gol del siglo.
    Yo vivo en Las Parejas, Provincia de Santa Fe y aquel Mundial lo vivimos con intensidad ya que este es el pueblo de Jorge Valdano. Más allá de este detalle, importante por cierto, te cuento que tenía en aquel entonces 11 años y cuando ví la obra cumbre del 10, mezcla de picardía y genialidad, mi viejo me cuenta que mis ojos estaban incrédulos delante de la pantalla y que tarde unos segundos en reaccionar para al fin preguntar con un hilo de voz…pá, pasan la repetición? Todos gritaban y se abrazaban con pasión y yo me prendí al festejo con más ganas de seguir mirando la repe porque sentía que había sido algo extraordinario aunque claro a mi edad no tenía aún noción de cuan mágico fue ese gol a Inglaterra.
    Finalizado el partido me contó mi papá que lo primero que le pedí fue la camiseta de la Selección con el 10 en la espalda. Algo raro porque todos los pibes de mi pueblo usaban la 11 de Valdano. En fin, por diversos motivos la camiseta nunca la pude tener, hasta este último día del padre en el que mi mujer y mis dos hijos me sorprendieron con semejante regalo. Pasaron 20 años y lo que yo le pedí a mi papá me lo cumplieron mis hijos, en el día del padre. Claro a mi viejo se le hizo difícil complacerme con ese regalo cuando había otras necesidades, de todas maneras valió la pena esperar porque el tiempo pasó y a 20 años de aquello conquista inolvidable, la camiseta del 10 de México 86 que me regalaron tiene mucho valor, tanto que volví a sentirme un pibe de 11 años a mis treinta y uno y claro, no paro de ver la repetición del Gol del siglo, el gol de Maradona que definitivamente logró conquistar al mundo entero.

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