El minuto 112

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Götze define el Mundial de Brasil 2014. Sufre Romero y toda la selección argentina.

aronin_columnistas_DPCorría el minuto 89 de la final del Mundo y el equipo de Sabella vio cómo un agónico empate obligaba a Estudiantes a jugar un alargue contra Barcelona.

Quienes estuvimos en esa tribuna de Abu Dhabi sentimos desazón, y ya no nos consolaba la idea generalizada previa que se comunicaba de modo homogéneo por todo el planeta: que Estudiantes iba a ser goleado.

Claro, una vez que un sueño está tan cerca de cumplirse, una vez que Boselli hace estallar a 7 mil hinchas que viajaron 50 mil kilómetros y la utopía de Manchester de 1968 estaba a punto de repetirse, poco nos importaba que el plantel de Barcelona valiera cuatrocientos cincuenta millones de dólares y el nuestro quizás ocho. En ese momento, el hincha lo vive como una pesadilla, como la rotura de un cristal preciado. Es desgarrador y nada importan los pronósticos previos.

Y fuimos a un suplementario contra el mejor equipo de todos los tiempos. Recién en el minuto 112 (a ocho de los penales), Messi convirtió «de pecho» en el área chica, venció a Albil y Juan Sebastián Verón acabó dentro de su propia valla, pegando su cabeza rapada contra la red. Sobre el final, Desábato casi empata. Y ahí sí se nos fue la ilusión a los pincharratas.

Escuché de todo en este tiempo que fue desde 2009 hasta hoy. Entre otras cosas, frases como «…y… ellos tienen a Messi».

El asunto es que -como hincha- viví un Déjà vu notable el domingo pasado. Otra vez estaba alentando al equipo de Sabella, pero esta vez Messi jugaba «para nosotros». Sin embargo… también en el segundo tiempo del alargue; también la pelota es jugada con el pecho y cerca del área chica. Y otra vez se rompe el sueño con un remate tomado de aire, al segundo palo. Un golazo.

Las coincidencias, los detalles y las pasiones se parecen. Higuaín, Palacio y Messi casi anotaron, pero fallaron.

El equipo argentino jugó un buen partido; tuvo las más claras y tuvo más oportunidades para marcar que el rival; pero no tuvo efectividad, algo que remarcó el entrenador en la conferencia de prensa.

Alemania no necesita muchas chances para marcar: con tener una o dos, convierte. Eso sólo, en un deporte donde el premio se lo lleva el que hace un gol más que el contrario, es suficiente para superar al rival y dejarlo sin nada. Pero la pregunta es: ¿realmente nos dejaron sin nada?

Y ahí encuentro otra coincidencia con la final del Campeonato del Mundial de Clubes de 2009. No nos dejaron sin nada.

Hagamos un ejercicio. Elija el lector la final perdida que prefiera: el técnico es Sabella en ambas: en las dos está Enzo Pérez tirando diagonales, esforzándose, yendo al piso; también Marcos Rojo. Está Messi. Se nos escapa en el mismo momento la Copa. Hay tristeza. Pero hay equipo. Hay trabajo y solidaridad. Hay una senda. Hay una idea, hay representatividad y hay orgullo.

Barcelona no nos pasó por arriba, no nos goleó, terminó pidiendo la hora y celebraron a lo grande algo que les costó muchísimo. Recuerdo las palabras de Gerardo, mi amigo que estaba al lado en la tribuna de Emiratos Árabes: «Rojo ya no es Marquitos: es un crack táctico, hoy creció y va a jugar un Mundial, y la va a romper». Yo no creía tanto en ese ni en otros vaticinios. Pero se convirtieron en realidad.

Días después de aquella final de 2009, algunos criticaban a Sabella porque no había tenido suficiente «bidón»: el equipo no hizo tiempo, no sacó ventajas ni intentó dejar de jugar. Siempre hay maneras para criticar, es imposible no encontrar algún detalle para recriminar. En el fondo, bien en el fondo, todos sabíamos que no había margen para reproche justificado alguno.

Argentina, debido a una calidad algo superior a la media en la técnica individual de sus jugadores, difícilmente no pase a octavos de final en una Copa del Mundo, especialmente si es cabeza de serie en la fase de grupos. Pero a partir de ese punto, está demostrado que los detalles, el equipo, la estrategia y el trabajo predominan sobre las individualidades. Eso es algo que tendríamos que haber aprendido por nuestra propia historia a lo largo de esta particular competencia que la FIFA organiza cada cuatro años. O, si no nos da la gana, entiendo útil echar un vistazo a lo que hacen otros.

Alemania venía amagando con ganar un Mundial desde hacía mucho; sólo hace falta repasar un poco. En 1990, fue campeón (lo sabemos bien, ¿cómo olvidarlo?) y levantó su tercera Copa. En 1994 y 1998, dejó el Mundial en cuartos de final (es decir, entre los mejores ocho del planeta). En 2002 fue Subcampeón. En 2006 y en 2010 salió tercero. Y todo eso, sin contar los subcampeonatos de 1982 y 1986. En síntesis, en los últimos 9 mundiales, Alemania fue: campeón en dos ocasiones, subcampeón 3 veces, tercero en 2 oportunidades y en otras dos oportunidades fue 5° y 7°.
¿Acaso no se nota que Alemania es una potencia futbolística histórica y que no tiene altibajos? Es cierto, tiene «picos» y cada tanto se le ocurre salir primero; pero cuando no es campeón, no se desarma, no pierde de vista nunca el camino del trabajo, no cae en desánimos ni cree que hay que cambiar el rumbo brutalmente. Quizás sea por eso que siempre está -en promedio- entre los cuatro primeros.

Generalmente, cuando en una competición se está siempre entre los mejores, suele alcanzarse -cada tanto- el primer puesto. El esfuerzo y la dedicación no pueden escatimarse ni darse por sentado el camino previamente andado, como si fuera algo preestablecido ni ganado eternamente. Es la opción aparentemente más difícil, pero normalmente da sus frutos. En cambio, es mucho más fácil desandar el camino, echar la culpa a otro, dejar de trabajar y de esforzarse, abandonar el aprendizaje y no hacerse cargo de errores propios y enseñanzas ajenas.

Por eso, personalmente creo que los argentinos estamos secretamente en una absurda disyuntiva: abandonar este camino trazado por un cuerpo técnico serio, humilde, que admite errores, que siempre aprende, que hizo un equipo verdaderamente… o volver a creer en la magia y el supuesto lirismo.

Como vimos, los laureles que una vez supimos conseguir no son eternos si no se renuevan. Para renovarlos, curiosamente, el camino normalmente más adecuado es esforzado, monótono, difícil y no está hecho de rosas. No hay que rendirse por haber perdido la final ni creerse que el segundo puesto ya es lo mínimo que nos «merecemos». Cada día -como en todo en la vida- debe renovarse el esfuerzo y la dedicación, no subestimar a nadie ni sobreestimar las propias fortalezas.

Y sobre todo, aprender. Porque en estas horas sospecho -con enorme orgullo- que Sabella (en lugar de golpearse el pecho por haber sido el gestor del ciclo más exitoso en casi un cuarto de siglo) debe estar aprendiendo y tomando nota… sigilosa, constructiva y meticulosamente, sobre las razones por las que se le escaparon dos copas del mundo en el minuto 112. Por más que sean detalles mínimos, un perfeccionista humilde, obsesivo y trabajador como Pachorra, sabrá hacer de eso una fortaleza. La seriedad de este cuerpo técnico permite ser optimistas.

A los jugadores y al cuerpo técnico de este gran equipo: no nos dejaron sin nada. Nos dejaron muchísimo más que orgullo y el hecho de ser la segunda potencia futbolística del planeta.

Nos dejaron un camino trazado.

Pablo Lisotto

Nació en la Argentina en 1975. Es Licenciado en Periodismo (TEA 1998). En marzo de 2006 creó www.damepelota.com.ar, por el cual recibió diferentes premios y reconocimientos (por ejemplo, fue invitado a los Juegos Olímpicos de Londres 2012). Actualmente cubre la actualidad de Boca Juniors para la sección Deportes del diario LA NACIÓN. Escribió seis libros: "50 Grandes Momentos de los Juegos Olímpicos", "50 Glorias del deporte olímpico", "50 Grandes Momentos de los Mundiales de fútbol" y "50 Grandes Momentos de la Copa América" (Al Arco, 2012, 2014 y 2015. Se pueden leer gratis en este sitio) y "Hazañas y Leyendas de los Mundiales" (Atlántida, 2014) y "Hazañas y Leyendas de los Juegos Olímpicos" (Atlántida, 2016). A fines de 2012 recibió una Mención Especial de ADEPA, en la categoría Deportes. Es especialista en Olimpismo y en Mundiales de Fútbol.

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