Cuestión de suerte
La imagen es la de un partido de tenis. La bola viaja, de un lado a otro, siempre al límite del contacto con la red. De repente, la pelotita toca la red, y, en cuestión de milésimas de segundos, decide de qué lado caer. Si es del lado de donde vino enviada, será punto para el rival. Si no, será punto para el ejecutante de ese golpe. La bola cae del lado del ejecutante, y una voz en off habla acerca de lo ínfimo que delimita qué es suerte y qué es mala suerte.
Así comienza «Match Point», la hasta ahora última película de Woody Allen, con Scarlett Johansson, entre otros actores, y volverá a esa imagen de una manera magistral cerca del final, aunque no viene al caso contarlo, ya que es una película que vale la pena ver.
La imagen es la de un partido de básquet. El balón, lanzado por el Chapu Nocioni, viaja al aro, golpea en él y, en cuestión de milésimas de segundos (mientras en el reloj apenas quedan un puñado de segundos para que termine la semifinal con España que Argentina pierde 75 a 74) decide si entra y le da el pase a la final al conjunto nacional, o si sale y clasifica a los españoles. La pelota naranja decide no entrar, el rebote es para los españoles y la alegría también.
No hay voz en off.
Hay un silencio absoluto en cada rincón del país donde se haya visto el partido.
Hay tristeza, bronca, puñetazos a la mesa de algún café.
Hay ganas de ganarle a Estados Unidos por el tercer puesto, aunque se sabe que el desgaste fue mucho y que es una parada complicada, que finalmente también se pierde hace apenas una hora.
Pero también hay satisfacción.
Hay reconocimiento a este grupo de jugadores que deja todo cada vez que entra a un rectángulo a representar a la Argentina.
Hay ilusión para lo que viene.
Hay consuelo.
Hay revancha.
Hay recambio.
Hay figuras.
Hay equipo.
