La falsa premisa de los argentinos con la Selección

Messi_Argentina_Brasil2014

aronin_columnistas_DPSe llama razonamiento lógico al proceso mental de realizar una inferencia de una conclusión a partir de un conjunto de premisas. La conclusión puede no ser una consecuencia lógica de las premisas y aun así dar lugar a un razonamiento, ya que un mal razonamiento aún es un razonamiento en sentido amplio; pero no en el sentido de la lógica. Los razonamientos pueden ser válidos correctos, o no válidos incorrectos.

En general, se considera válido un razonamiento cuando sus premisas ofrecen soporte suficiente a su conclusión.

Cuando se trata de un razonamiento no deductivo no podemos hablar de validez sino de «fortaleza» o «debilidad» del razonamiento dependiendo de la solidez de las premisas: la conclusión podrá ser más o menos probable pero jamás necesaria. Solo es aplicable el término «válido» a razonamientos del tipo deductivo. En el caso del razonamiento deductivo, el razonamiento es válido cuando la verdad de las premisas implica necesariamente la verdad de la conclusión.

Los razonamientos no válidos que, sin embargo, parecen serlo, se denominan falacias.

En el fútbol, como en cualquier asunto de la vida, podemos utilizar a la lógica como una herramienta muy útil a la hora de sacar conclusiones, sean éstas importantes o no. Naturalmente, será mucho más difícil encontrar utilidad a la lógica para el juego en sí mismo, pero quizá no sea tan raro encontrar respuestas para analizar hechos pretéritos del juego, opiniones o aparentes conclusiones derivadas de razonamientos falaces.

Para no aburrir (todavía más) al lector, voy al grano: después del segundo triunfo consecutivo del seleccionado nacional de fútbol (en su segunda presentación mundialista) casi lo único que se lee, escucha y observa por los medios es lo pésimo que juega al fútbol. Y los aparentes argumentos para sostener esto son inacabables:

a) conforma el grupo más fácil del Mundial y no gana por goleada;
b) el jugador estrella está enfrentado con el técnico;
c) el arquero acaba siendo figura contra un rival que no existe;
d) no podemos imponer nuestro juego;
e) si no fuera por Messi, Argentina no hubiera ganado ninguno de los cotejos;
f) no podemos depender de un solo jugador y su talento de cinco segundos para definir un partido;
g) Argentina juega lento, impreciso, feo y aburrido;
h) el técnico es miedoso;
i) el técnico cambió de estrategia;
j) el técnico no cambió de estrategia.

Los ejemplos pueden ser inagotables. No terminan; no recuerdo más ahora, pero igualmente -tenga el lector la seguridad- ahora mismo siguen sumándose los ejemplos.

Por eso, es interesante pensar qué tienen en común estos argumentos. No son todos completamente idénticos, ni atacan a la misma persona ni se refieren siempre al mismo problema. Todos, sin embargo, coinciden en la crítica, pero eso no nos ayudaría a detectar lógicamente hablando, qué tienen en común. Por eso, la tarea es un poco menos sencilla.

Lo que no se pone nunca en duda, en ninguna de estas conclusiones, es la premisa inicial. ¿Cuál es la premisa inicial? Que la Selección argentina de fútbol es la mejor; somos superiores, somos mejores que el rival, el equipo está entre los mejores y, en el fondo, es el mejor entre los mejores.

Pero, yendo más allá en la introspección criolla y futbolera, estamos convencidos de que -en cada uno de los puestos, y cada uno de los suplentes- nuestros gladiadores son los mejores en comparación con cualquier otro.

De allí que no puede concebirse otra conclusión diferente a que somos un desastre, aunque ganemos.

El punto es, muchachos, que la premisa inicial es falsa; y un razonamiento no es lógicamente válido, sino falaz, si parte de una premisa falsa. Como en tantos órdenes de la vida, los argentinos partimos de la premisa inicial de ser los mejores del mundo; y estamos condenados al éxito. Secretamente, confirmamos estas cosas con signos y guiños de ojo que nos hace Dios: nace Maradona, nace Messi, nombran Papa a Bergoglio; tuvimos el primer subte de Sudamérica, el dulce de leche es tan nuestro como Gardel, como el alambre de púas o el colectivo. René Favaloro era argentino… y hasta las primeras décadas del siglo pasado éramos la séptima potencia del planeta.

Ninguna de estas premisas, en realidad, podrían ayudarnos a hacer un buen equipo. Quizás en un juego individual, como el tenis, que un jugador extraordinario llegue a ser un competidor de máxima competencia podría «llevarnos» a la cúspide mundial.

Pero en un juego de equipo, no solamente deberíamos contar con el mejor jugador existente en el Mundo en cada puesto, sino que además deberían entenderse a la perfección entre ellos, dejar de lado los egos, dar el pasito hacia adelante al unísono para dejar en off side al 9 rival, hablarse durante el juego, sacrificarse para recuperar la pelota y hablar con el técnico pero no sacarlo del trono.

No tenemos al mejor de todos en cada uno de los puestos. No es cierto. No tenemos el mejor equipo del Mundo, o por lo menos no lo hemos demostrado desde hace mucho.

Y lo cierto es que, en lugar de admitir el trabajo y constructivismo necesarios que hay detrás de los éxitos que alguna vez tuvimos, solemos festejar más de la cuenta cuando algo bueno nos pasa y, (a partir de ese éxito) damos por sentado que todo el camino recorrido hasta ese punto ya nos es dado hacia el futuro, porque somos argentinos. La proeza bilardista, de haber llegado a finales consecutivas en los Mundiales de 1986 y 1990, no fueron casualidad ni forman parte de este imaginario popular que simplemente confirma lo que ya se sabe: somos los mejores, siempre.

Aquellas dos finales jugadas (una ganada, una perdida) de ninguna manera confirma que éramos los mejores y que ese resultado era inevitable. No. Esos resultados fueron consecuencia de un trabajo extraordinario, de estudiar a propios y rivales, analizar lo mejor que se tiene pero considerando el modo de ensamblaje; de un estado físico y mental no aleatorio ni dejado al azar. Pero, si alguien deja de trabajar, de estudiar, de sacrificarse y empieza a dar todo por sentado, ocurre esto: se induce a sí mismo a error lógico, abandona secretamente la lucha y lo negativo acaba siendo culpa de otro: de la plancha de Maradona contra Brasil en 1982, de la efedrina en 1994, del cabezazo de Ortega en 1998, de Verón en 2002, del papelito del arquero alemán en 2006… y de no se sabe quién en 2010. Porque claro, a Maradona le perdonamos todo y hasta le festejamos que diga que un periodista «la tiene adentro». Nos caen bien los insultos, las brabuconadas y cualquier modo de desprestigiar una crítica; nos gusta escuchar a Basile cuando dice «¡sharáp!». Nos gusta que alguien arengue por adelantado y pronostique lo que secretamente tenemos como afirmación irrefutable: somos los mejores. Y no nos gusta, en cambio, que un técnico hable de trabajo, de humildad, que admita posibles errores, que hable bien castellano… y maneje algo de inglés y portugués; mucho menos nos gusta que sugiera que no hay partidos fáciles y que nunca debe subestimarse al rival.  Lo que nos gusta -seamos sinceros- es que digan «happy«, «sharáp«, «players» y «la tenés adentro». Porque nos confirma lo que nos dice nuestra pobre educación: somos los mejores, y por eso resta el trámite administrativo de entrega de nuestra Copa del Mundo.

Ni siquiera Favaloro podía dejar de investigar, trabajar y analizar si quería seguir dando lo mejor y demostrando talento y resultados. Del mismo modo, Maradona no rindió igual en 1982 (se fue expulsado en ese Mundial, luego de una violenta reacción) que en 1986 y 1990. Vale la pena recordar que en el primer partido que jugó Argentina en 1986 (contra Corea del Sur), en lugar de reaccionar violentamente contra los rivales que lo atendían, Diego se tomaba los talones, rodaba y generaba cosas virtuosas para nuestro equipo: tarjetas amarillas a los contrarios y tiros libres a favor. No fue casualidad: detrás de ese cambio había estrategia, trabajo, convencimiento.

Fue maravilloso y muy auspicioso que semejante trabajo de la era de Bilardo nos colocara tan arriba durante tantos años seguidos y jugando de visitante. Pero el efecto colateral que ello nos trajo tuvo que ver con nuestro ADN: en lugar de admitir como válido el camino del trabajo y no abandonarlo nunca -como hacen los sabios- dimos por cierto que el asunto ya estaba fuera de discusión y que, si no nos permitían estar en cada final del Mundo, era por culpa de alguien en particular o a causa de una confabulación planetaria. Nosotros, siempre, somos los mejores. Solo ocurre que hace casi un cuarto de siglo que no jugamos finales ni semifinales del Mundo.

Lamentablemente, ese efecto adverso proveniente de tanto trabajo y dedicación, nunca subestimar a nadie, estudiar a propios y adversarios, entrenar, viajar, ensamblar jugadores que no se conocen para hacer un equipo, saber cambiar, etc… fue un mal acostumbramiento para los argentinos.  Cada vez que alguien se aparta del camino del esfuerzo y la dedicación, acaba afligido, decepcionado y echándole la culpa a otro.

Algo es cierto, sin embargo: parece que sí tenemos UN player que podría ser -efectivamente- el mejor en su puesto: Messi. Los demás, no. Y, con eso, vamos a la batalla; con trabajo, sin subestimar a nadie y sabiendo que Costa Rica ganó dos de dos; Brasil empató con México y Alemania con Ghana; Inglaterra ya no está y España (el Campeón) fue el primero en hacer las valijas.

Si dejáramos de lado la premisa inicial, revisáramos el razonamiento de abajo para arriba y de arriba para abajo, quizás -solo quizás- lleguemos a conclusiones algo menos falaces y podríamos medir con mejor vara el rendimiento de una Selección que no es ni la mejor ni la peor (y menos a priori). Porque, como sabemos, el camino se hace al andar.

Pablo Lisotto

Nació en la Argentina en 1975. Es Licenciado en Periodismo (TEA 1998). En marzo de 2006 creó www.damepelota.com.ar, por el cual recibió diferentes premios y reconocimientos (por ejemplo, fue invitado a los Juegos Olímpicos de Londres 2012). Actualmente cubre la actualidad de Boca Juniors para la sección Deportes del diario LA NACIÓN. Escribió seis libros: "50 Grandes Momentos de los Juegos Olímpicos", "50 Glorias del deporte olímpico", "50 Grandes Momentos de los Mundiales de fútbol" y "50 Grandes Momentos de la Copa América" (Al Arco, 2012, 2014 y 2015. Se pueden leer gratis en este sitio) y "Hazañas y Leyendas de los Mundiales" (Atlántida, 2014) y "Hazañas y Leyendas de los Juegos Olímpicos" (Atlántida, 2016). A fines de 2012 recibió una Mención Especial de ADEPA, en la categoría Deportes. Es especialista en Olimpismo y en Mundiales de Fútbol.

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