Rumbo al Mundial Rusia 2018. #50GrandesMomentos: 07 – El Maracanazo

Apenas pasaron unos segundos de las seis de la tarde del 16 de julio de 1950 en Río de Janeiro. En el estadio Maracaná se disputa el partido decisivo del cuarto Mundial de la historia. El primero después de 12 años del parate obligado por la Segunda Guerra Mundial, y el segundo disputado en tierras sudamericanas.

Hace unos instantes comenzó el segundo tiempo entre Brasil y Uruguay, y ahora la pelota descansa en la red del arco defendido por Roque Máspoli. Albino Friaça acaba de abrir la cuenta para los locales y el Maracaná es un hervidero: las 173.850 almas lo gritan con toda la furia. Celebran por anticipado. Brasil, que con el empate se garantiza la Copa (por culpa de un extraño, inédito y nunca más repetido cuadrangular final), le gana 1 a 0 a Uruguay, cuando quedan cuarenta y pico de minutos por jugarse. Algunos diarios ya comienzan a anticipar el cierre de las ediciones históricas con el título que se esperaba desde que arrancó la competición. “Brasil campeão do mundo”. La frase se repite en ban deras y camisetas que empiezan a venderse en las inmediaciones del estadio “Mais grande do mundo”.

Obdulio Varela, capitán y símbolo del valiente equipo uruguayo, es el encargado de tomar el balón. Ya se olvidó de las insólitas palabras de “aliento” de un dirigente uruguayo, que en el vestuario les había dicho: “Muchachos, si perdemos por menos de cuatro goles salvaremos el honor”. También del planteo ultradefensivo que había dispuesto el entrenador Juan López Fontana, y que él mismo se encargó de despedazar en el vestuario, alentando a sus compañeros con una arenga inolvidable: “No piensen en toda esa gente, ¡los de afuera son de palo! Salgan tranquilos, no miren para arriba. ¡Nunca miren a la tribuna! ¡El partido se juega abajo!”

Varela, El Negro Jefe, había visto que durante la jugada que terminó en el gol brasileño, el juez de línea había levantado su bandera, y que la bajó rápido, por las dudas de que el árbitro sancione el supuesto offside y que por su culpa Brasil no sea campeón esa tarde.

Con la pelota abajo del brazo, Varela enfila rumbo al mediocampo sin ningún apuro. Camina como si cada pierna le pidiera permiso a la otra para dar un paso. La bravura del Maracaná se impacienta y deja de celebrar para abuchear al hombrecito de celeste, que no parece interesado en seguir jugando. La gente se enerva, y los once brasileños también. Para colmo, Obdulio se muestra interesado en pedirle explicaciones del gol al árbitro inglés George Reader, pero ni el futbolista sabe inglés, ni el juez comprende el español. El juego de mímica termina por aplacar los ánimos de todos los presentes.

Nadie entiende nada, salvo el enorme Obdulio Varela. El único que tiene claro lo que pasa es él, que luego explicará que si no enfriaba el ambiente, la máquina brasileña se los hubiera llevado por delante y les hubiera metido varios goles más.

Tras la puesta en escena frente al árbitro, El Negro Jefe finalmente apoya la pelota en el círculo central, mira las caras de nerviosismo y susto de sus rivales, gira su cabeza, observa a sus envalentonados compañeros y les dice: “Ahora sí señores. Vamos a ganar este partido”.

Uruguay empareja el juego, pero no logra llegar a la igualdad. Hasta que a los 21 minutos, el wing derecho Alcides Ghiggia desborda por la derecha, y habilita al volante Juan Alberto Schiaffino, quien con un remate rasante vence la resistencia del arquero Moacir Barbosa.

El Maracaná se silencia, como si todos supieran de antemano lo que pasará. Casi nadie recuerda que faltan veintipico de minutos y que con el empate Brasil es campeón. La confianza absoluta en su equipo se desvaneció en poco más de una hora. El desenlace se huele en el ambiente.

Cuando se juegan 34 minutos de la segunda etapa, Alcides Ghiggia protagoniza una jugada similar a la que terminó en el 1 a 1. Tan parecida es, que Barbosa imagina que se vendrá un nuevo centro, se acomoda para interceptarlo y Ghiggia le clava a la pelota un fuerte derechazo que se cuela entre el palo izquierdo y el arquero. Gol de Uruguay. Es el 2 a 1. Hay casi 200.000 personas en la cancha, pero apenas un puñado lo gritan y lo festejan. El resto es un silencio sepulcral. Un velorio. Los rostros y las banderas y las camisetas y los jugadores locales y las imprentas de los diarios quedan congelados. Paralizados.

Apenas once minutos después, Reader pita el final del partido y la confusión es completa. Los brasileños se tiran al piso e intentan sin éxito enterrar sus cabezas como los ñandúes. Barbosa no entiende lo que acaba de pasar, pero no tiene capacidad mental para imaginar que vivirá 50 años humillado y defenestrado por esa acción. Y a Ademir poco le importa que terminó como goleador del torneo, con 8 conquistas.

Mientras los uruguayos gritan, cantan, corren, se abrazan y festejan, el presidente de la FIFA Jules Rimet no sabe cómo hacer para realizar la ceremonia de entrega de la Copa. Como casi todo el mundo, estaba tan convencido de la victoria local, que el discurso lo tiene escrito en portugués. Ni que hablar de la vergüenza que sienten los integrantes de la banda militar, que no tocaron el himno uruguayo porque no lo sabían.

Finalmente, Rimet baja al campo de juego y en un rinconcito, rodeado de otra gente que nada tiene que hacer ahí, le estrecha la mano a Obdulio Varela y le entrega la Copa. La ceremonia dura menos de cinco minutos. La mayor hazaña de toda la historia de los mundiales tiene imágenes que la inmortaliza casi de casualidad. Tiempo después, los uruguayos recordarían: “Más que ganarla, sentimos que esa tarde nos robamos la copa”.

Ya de noche, Obdulio Varela decidió salir a recorrer los bares de la ciudad. Allí fue reconocido por varios brasileños, que lloraron en sus brazos. Tanta tristeza sintió El Negro Jefe que más tarde declaró que de haber sabido que el pueblo brasileño sufriría tanto la derrota, hubiera preferido perder ese partido.

Y como a las derrotas hay que encontrarle siempre un culpable, hubo otra víctima además del pobre Barbosa. Desde el 16 de julio de 1950, Brasil no usó nunca más su hasta ahí tradicional camiseta blanca, porque aparentemente atraía la mala suerte…

  • Este texto forma parte del libro 50 Grandes Momentos de los Mundiales, publicado por Ediciones Al Arco en 2014 y repartido por el Ministerio de Educación de la Nación, de manera gratuita, en todas las escuelas públicas de la Argentina.El libro se puede leer en este mismo sitio, o descargar en pdf, Todos los derechos reservados.

Pablo Lisotto

Nació en la Argentina en 1975. Es Licenciado en Periodismo (TEA 1998). En marzo de 2006 creó www.damepelota.com.ar, por el cual recibió diferentes premios y reconocimientos (por ejemplo, fue invitado a los Juegos Olímpicos de Londres 2012). Actualmente cubre la actualidad de Boca Juniors para la sección Deportes del diario LA NACIÓN. Escribió seis libros: "50 Grandes Momentos de los Juegos Olímpicos", "50 Glorias del deporte olímpico", "50 Grandes Momentos de los Mundiales de fútbol" y "50 Grandes Momentos de la Copa América" (Al Arco, 2012, 2014 y 2015. Se pueden leer gratis en este sitio) y "Hazañas y Leyendas de los Mundiales" (Atlántida, 2014) y "Hazañas y Leyendas de los Juegos Olímpicos" (Atlántida, 2016). A fines de 2012 recibió una Mención Especial de ADEPA, en la categoría Deportes. Es especialista en Olimpismo y en Mundiales de Fútbol.

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